Educación: Transformadora de vidas

En nuestra realidad, la movilidad social no es fácil: se estima que para que un niño colombiano salga de la pobreza tendría que esperar el equivalente a 11 generaciones. Por ello, regocijan las historias de jóvenes emprendedores que con dificultades, pero con ganas, batallan para lograr movilidad social y superar la condición de pobreza.

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En Colombia vivimos una triste y dura realidad: este uno de los países más desiguales del mundo, donde la concentración de la riqueza en pocas manos contrasta con los altos niveles de pobreza. Igualmente, el desequilibrio socioeconómico regional es evidente, con zonas históricamente privilegiadas y una periferia relegada y atrasada, agravando aún más la situación al consolidarse las brechas entre la región Andina y el resto de territorios.

La movilidad social es clave para la construcción de sociedades justas y la educación es validada en grado sumo por su capacidad para promoverla. En nuestra realidad, la movilidad social no es fácil: se estima que para que un niño colombiano salga de la pobreza tendría que esperar el equivalente a 11 generaciones. Por ello, regocijan las historias de jóvenes emprendedores que con dificultades, pero con ganas, batallan para lograr movilidad social y superar la condición de pobreza.

Dayana Vargas es una de ellas. Con 20 años, esta estudiante de séptimo semestre de Trabajo Social de la Universidad Simón Bolívar es la primera de su núcleo familiar en cursar un programa profesional. Diariamente vende, de manera informal, dulces, mecatos y productos fit y, además, comercia con ropa, maquillaje, entre otros productos, para cubrir sus gastos personales y su matrícula semestral.

Nunca ha sufrido vergüenza por fungir como vendedora ambulante ya que afirma que viene de una familia muy trabajadora, pero reconoce que es una tarea dura en la que debe ser muy organizada y no perder de vista su proyecto de vida.  “Yo pienso que cuando uno ama las cosas que hace, las hace con amor”, dice sabiamente. Dayana es ahora el ejemplo para la última de sus cuatro hermanas, quien aspira a seguir sus pasos en la universidad.

Otra historia valiosa es la de Rafael Torres Bermúdez, psicólogo de la misma institución, donde además se tituló como magíster en Familias. Su afán de superación lo llevó a sortear las difíciles condiciones económicas de su hogar para emprender estudios profesionales. En medio de grandes dificultades y trabajando jornadas extenuantes como vendedor ambulante logró concretar sus sueños.

Hoy agradece las enseñanzas que le dejaron todas esas experiencias y las plasmó en el libro ‘Ya no vendo dulces’, en el que relata anécdotas de su dura vida y agradece a quienes lo apoyaron, muy especialmente a sus amigos que adquirían los confites, bombones, galletas y otros pasabocas que vendía diariamente.

Como ellos, son numerosos y muy sentidos los testimonios de los jóvenes que, con su tesón y compromiso con el estudio, transforman sus vidas e impactan su entorno familiar, convirtiéndose en modelo a seguir por la juventud. De hecho, el 28 % de estudiantes de primer curso de pregrado en Unisimón son de primera generación, es decir, que son los primeros de sus familias en acceder a educación superior, factor clave para cambiar las infames estadísticas de pobreza y exclusión y los dolorosos estimativos que sitúan muy lejos las oportunidades de movilidad social.

Tomado Columna de El Heraldo 

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